Cazador de libros
Una de las cosas que hice de joven con intenso, apasionado apremio fue leer cuantos libros venían a parar a mis manos. Con las largas horas del estío por delante, los libros iban cayendo como si ya hubiera llegado el otoño y se desprendieran de los árboles con mansedumbre, de modo natural. El otoño y el invierno invitaban con el frío al recogimiento de la lectura, bien aposentado en un sillón cuyo cálido abrazo de terciopelo aún recuerdo. Leí mucho durante muchos años. Algunos libros hasta diez o doce veces, porque en casa había mil razones para escatimarme la lectura: que ya tenía libros de sobras (nunca suficientes), que me iba a estropear la vista (no fallaron en el agüero los profetas) o que tenía que salir más de casa con los amigos, quienes, por suerte, fueron también apasionados lectores, al menos los que conocí terminando el bachillerato. Así que lo que repetí en más ocasiones en aquellos años, antes de pisar la facultad, fue leer, desquiciada, atrabiliariamente; entregarme a la lectura sin hartazgo, tal vez sin medida. No me hago memoria sin un libro en la mano.